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VALLS - Voeux 2015 aux Français ! Pour tous, bientôt, la misère espagnole !

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TITRE ORIGINAL

Manuel Valls: 'No me planteo cada mañana si mi política es socialista sino eficaz'

[Entretien au Journal espagnol EL MUNDO - 29 décembre 2014]

Es el primer jefe del Gobierno de la República Francesa nacido en España (Barcelona, 1962). Manuel Valls se ha propuesto cambiar un modelo insostenible, basado en un generoso Estado del bienestar y en una administración pesada y costosa. Y lo quiere hacer desde un Partido Socialista en el que la vieja izquierda sigue defendiendo un Estado poderoso como único redistribuidor de la riqueza. Encarna un socialismo pragmático y patriótico que apuesta por las reformas como única vía para que Francia recupere el pulso en un mundo globalizado donde emergen con fuerza los populismos.

Nada más ocupar su cargo como primer ministro, usted anunció un plan de ajuste que preveía un recorte de gasto de 50.000 millones, ¿lo está cumpliendo?
Sí, por supuesto.
¿Cómo se está ejecutando ese plan?
Es un plan para los tres próximos años. Reducir el gasto en 50.000 millones durante esos tres años. El esfuerzo para 2015 -el Parlamento lo acaba de aprobar- consiste en un ajuste de 21.000 millones de euros a nivel de Estado, de la Sanidad, de las regiones, los departamentos y los ayuntamientos. Es decir, es un esfuerzo que todos los servicios públicos, las administraciones públicas, tienen que soportar, tienen que llevar a cabo. El trabajo que el Gobierno tiene que hacer a partir de ahora es conseguir que este esfuerzo sea posible en cada administración. Me voy a involucrar directamente en este empeño y voy a presidir cada mes una comisión con los ministros que controlan el presupuesto y las grandes administraciones para hacer realidad ese plan.
¿Usted cree que la sociedad francesa en su conjunto ha entendido su mensaje de que no se puede gastar lo que no se tiene?
Creo que sí. Los franceses en general van por delante de sus dirigentes políticos, en las reformas, en los cambios y en su disposición al esfuerzo. Francia, como muchos países desde hace más de 30 años, vive por encima de sus posibilidades. Desde hace cuatro o cinco años, en el tema de los ajustes, hay una mayoría de franceses que está de acuerdo en que no podemos continuar así. Pero luego, los ciudadanos quieren más policías, más gendarmes, más médicos, más profesores... Por eso siempre es difícil convencer a la opinión pública de la necesidad de esos esfuerzos. Francia no ha conocido una política de ajustes tan dura como la que en España se ha llevado a cabo. El gasto público durante años ha crecido, los sueldos de los funcionarios no han bajado... Sí, la crisis ha sido dura aquí, pero menos violenta que en otros países. Es decir, que el Estado del bienestar francés está muy presente en nuestro presupuesto. Con mi gobierno también hay prioridades: la educación, por ejemplo: durante cinco años vamos a emplear a 60.000 profesores más. Igual ocurre con la policía y la Gendarmería: aumentaremos 2.500 puestos en cinco años porque la seguridad es una prioridad. Pero en otros ministerios y administraciones se reduce el gasto y el número de empleados. Es una política seria, de ajuste, pero equilibrada y justa, que permite dar prioridades, sobre todo, para luchar contra las desigualdades.
¿Usted diría que es una manera socialdemócrata de hacer un ajuste?
No sé si para la gente hay una forma de hacer ajustes de derechas o de izquierdas, pero yo creo que sí, que es una manera socialdemócrata de hacerlo, una forma inteligente, sobre todo después de muchos años de parálisis, con el sentimiento para muchos franceses de que aquí se han hecho menos esfuerzos que en otros países. El paro ha subido, el nivel de vida para ciertos franceses ha bajado, hay más pobreza, hay más gente que vive con un sueldo por debajo del nivel de pobreza, existe la sensación de que ciertos servicios públicos son menos eficaces, sobre todo en las zonas rurales... Por eso hemos de insistir en la pedagogía del esfuerzo.
¿Cuándo piensa usted que podrá decir a los franceses: "Hemos acabado con los sacrificios"?
Cuando haya suficiente crecimiento. ¿Qué pasa en nuestros países y sobre todo en Francia? Cuando hay un crecimiento casi cero pedimos a los franceses más sacrificios, cuando hay más paro, más pobreza... Y, sin embargo, es en esos momentos cuando se debería gastar más en solidaridad, en el Estado del bienestar. En 2004 dos países pidieron más tiempo para reducir el déficit: Francia y Alemania. Pero entonces había crecimiento en estos dos países. Alemania hizo reformas en el mercado de trabajo, en las pensiones. Ahora Alemania está como está porque se dieron estos pasos. Francia no hizo nada. Durante 10 años, con la derecha, hemos perdido competitividad en nuestras empresas y el nivel educativo ha bajado. Yo no quiero decir a los franceses que dentro de dos o tres años se van a acabar los sacrificios. Hemos de hacer esfuerzos durante años para que Francia sea más fuerte, para que sus empresas tengan más competitividad y para que sus administraciones públicas sean, con menos gasto, con menos impuestos, más eficaces. Lo que espero y lo que puedo decir a los franceses es que en los próximos meses el crecimiento estará otra vez aquí. Y que con más crecimiento, habrá por supuesto más trabajo y que se podrán subir los sueldos. Pero también que el esfuerzo para lograr un Estado más eficaz, más estratégico pero con menos gasto, tendrá que continuar. Si dentro de dos o tres años tenemos más crecimiento y dejamos de esforzarnos en disminuir el gasto público, perderemos lo que hayamos conseguido.
¿Por qué los franceses han castigado al Partido Socialista en las últimas elecciones?
Todos los partidos que gobiernan a nivel nacional pierden las elecciones locales. ¿Por qué se ha castigado al Partido Socialista? ¿O por qué hay desconfianza? Vivimos una crisis económica, una crisis social, una crisis de confianza muy importante, es casi una crisis moral, una crisis de identidad que afecta a todos los partidos de gobierno, de izquierda o derecha. Hablo de Francia, pero también existen esos problemas, esos fenómenos, en otros países con la subida de los populismos, de derecha o de izquierda. Yo creo que en 2012 no explicamos suficientemente cuál era la situación que habíamos heredado, no sólo de Sarkozy. Era una situación de enorme déficit público, déficit exterior, aumento de la deuda, una sociedad más dura, más violenta, con aumento del racismo, del antisemitismo... En aquel momento habríamos tenido que decir cómo estaban las cosas. Pero ni el presidente de la República, ni el Gobierno querían dar malas noticias. Ahora eso lo reconocemos todos.
Me pregunto cada mañana si mi política es eficaz para lograr más empleo y luchar contra las desigualdades, si resuelve los problemas de los franceses
¿Qué deberían haber hecho entonces?
Creo que, en primer lugar, habríamos tenido que decir: "Aquí la situación es más difícil de lo que creíamos y tenemos que ir más adelante con las reformas y la reducción del gasto". Creo que a las sociedades democráticas muy maduras, como las nuestras, les tenemos que decir la verdad siempre, porque es la única manera de dar confianza a la sociedad y de indicar el camino que hemos de escoger. La segunda razón es que se han subido los impuestos de una forma insoportable para los franceses y las empresas. En estos últimos años han subido 30.000 millones con la derecha, entre 2010 y 2012, y otros 30.000 millones durante los dos primeros años del mandato de Hollande. La gente no lo soporta. Y no han subido los mismos impuestos. Nosotros hemos subido al 45% el impuesto sobre la renta. Pero las clases medias, la gente que no pagaba el impuesto y que empezó a pagar a nivel nacional o local, esa gente no aguanta esa carga impositiva. Por eso estamos cambiando las cosas. El hecho de que cuatro millones de personas en 2014 y nueve millones en 2015 verán bajar sus impuestos, o incluso otros no tendrán que pagar impuestos, eso puede dar la impresión a los franceses de que hemos entendido el mensaje. La bajada en los impuestos sobre el trabajo y los impuestos a las empresas supondrán 40.000 millones en los próximos tres años. Es la única manera de recuperar la confianza de los franceses.
Usted está lanzando un mensaje de reformas muy potente, pero se está encontrando con resistencias dentro de su propio partido. Hace poco, incluso, ha tenido un debate intenso con Martine Aubry [ex ministra de Trabajo, abanderada de las 35 horas y ex secretaria general del Partido Socialista] sobre la libertad de horarios de los comercios ¿Cree que este debate puede llegar a dividir al PS? ¿Existe hoy ese riesgo?
Hacer políticas de ajuste, aunque sean justas, bajar los impuestos de las empresas y de los ciudadanos, y hacer las reformas que el país necesita para dar más libertad, para desbloquear a la sociedad francesa, no es un mensaje típico de izquierdas. Pero yo sí creo que es un mensaje de izquierdas. A la vieja izquierda, en general, le gusta más subir los impuestos, el gasto público y no hacer reformas para liberalizar la economía. Estamos haciendo muchas reformas que tienen tres objetivos: el crecimiento, el empleo y la lucha contra las desigualdades. Porque cuando el gasto público representa el 57% de la riqueza nacional, cuando estamos casi a un 100% de la deuda sobre el PIB, cuando tenemos un nivel de impuestos tan alto, se tiene que decir a la sociedad que hay un problema. Si este nivel de deuda o de impuestos, o de gasto público, fuera eficaz, si las desigualdades bajaran, si el paro se redujera, nos lo podríamos plantear. Pero lo que está pasando es lo contrario. Es normal que en un momento difícil de crisis haya debates en el Partido Socialista. El debate siempre es una riqueza para nosotros. Pero estamos gobernando. No se puede gobernar un país, Francia, como si se estuviera en la oposición.
Pero el riesgo de que no salga adelante el proyecto está ahí.
La mayoría de la militancia, de los presidentes de las regiones, de los alcaldes de ciudades, la gran mayoría de los diputados y de los senadores socialistas apoyan esta política. Desde que soy primer ministro se está diciendo: «Esa ley no se va a aprobar». Hemos superado dos mociones de confianza, todos los presupuestos y hasta la reforma de las regiones. Contamos con 270 diputados socialistas y de izquierdas que votan con el Gobierno y no hay una mayoría de recambio en el Parlamento. Es la primera vez, eso es cierto, en la Historia de la Quinta República que hay entre 30 y 40 diputados socialistas que no votan como la mayoría. Creo que se equivocan sobre el rumbo de la Historia, sobre el rumbo de la política de este Gobierno y sobre lo que la gente espera de nosotros. Lo que me da fuerzas es la confianza que tengo por parte de los franceses. Y de quienes votan a la izquierda, de los que apoyan al Partido Socialista. Vivimos un momento de cambio, un cambio del mundo y de la sociedad que se viene produciendo en los últimos 30 años. Creíamos que el hecho de que el bloque soviético se derrumbara daría la victoria a la socialdemocracia, a la gente de izquierda que siempre ha pensado que la democracia, la libertad, la expresión libre de las ideas, era lo más importante. Y la crisis financiera de 2008 hacía deducir también que esa ola ultraliberal de los años 70, que venía de Estados Unidos o de Inglaterra, necesitaba regulación a nivel mundial y por ello era una victoria de la gente que proponíamos esos controles, es decir, de la socialdemocracia a nivel europeo o mundial. Y pasó lo contrario. Son los populismos los que están subiendo, los que nos meten en la misma cesta que a la derecha, porque gobernando en Inglaterra con Blair, en España con Zapatero o en Alemania con Schröder, hemos tenido que llevar políticas de ajuste.
La izquierda se ha quedado fuera de juego, pero usted insiste en los cambios, en las reformas.
No hemos explicado este cambio, un cambio que para la militancia socialista es muy importante. Para preservar nuestro modelo social, francés, nuestros valores, nosotros también tenemos que cambiar. Por ejemplo, permitir trabajar siete domingos más al año, pasar de cinco a 12 domingos... El domingo no es un día como cualquier otro, por supuesto, pero hay siete millones de franceses que trabajan directamente o de forma ocasional el domingo en las empresas, los comercios y también en los servicios públicos, porque el país tiene que funcionar. Esos debates cambian la sociedad, es un debate importante, pero no es un debate de civilización. Abrir el domingo en París los grandes almacenes es permitir que los turistas de Asia, sobre todo de China, que van a visitar el Louvre o a Versalles, los Campos Elíseos el sábado, se queden el domingo aquí y no vayan a Londres a hacer compras. Estamos en un mundo abierto. Y, al mismo tiempo, hacer que las profesiones reguladas también se abran es importante. Creo que la libertad y el progreso son valores de la izquierda, pero a los franceses se les tiene que explicar lo que está pasando en el mundo. Francia es una gran nación, la quinta potencia mundial, la segunda economía europea, y tiene grandes empresas. Es un país rico, pero a los franceses no se les ha explicado que el mundo ha cambiado. Estamos en un momento en que, o vamos hacia atrás, hacia una Francia limitada, que es lo que propone la extrema derecha, o se hacen las reformas para que haya más libertad, más progreso. La ley para apoyar el crecimiento de la actividad que presenté el otro día y que va a pilotar el ministro de Economía, Emmanuel Macron, es a nivel de los símbolos, un debate muy importante. Por eso esa ley va a pasar. Y si resulta aprobada eso va a desbloquear gran parte del debate político francés. Si en las últimas encuestas el ministro Macron y yo estamos subiendo, sobre todo entre la izquierda, es porque la gente quiere esas reformas.
Usted ha hablado de los cambios políticos, de los cambios en la dirección económica del país y del cambio en el Partido Socialista. ¿Cómo le gustaría a usted que fuera el Partido Socialista?
Como jefe del Gobierno no puedo ocuparme mucho de la vida del partido. Lo que sé es que todos los partidos han de adaptarse a este mundo abierto, de las redes sociales, de internet, en el que cada ciudadano quiere vivir más su destino, donde se han de tener en cuenta a la vez las aspiraciones individuales que son muy fuertes, más fuertes que antes y, al mismo tiempo, construir una respuesta colectiva. La política es eso: responder a las aspiraciones del jubilado, de la madre que vive sola con sus hijos, de los que tienen miedo por el porvenir de sus hijos, porque hay un sentimiento en Francia, el sentimiento de que se va a vivir peor que antes, y eso para una sociedad es siempre un problema.
¿Cómo pueden hacerlo?
Los partidos con 50.000, 100.000, 150.000 militantes, con esquemas que nacieron en el siglo XIX, no pueden entender y no pueden responder a esos desafíos. Soy militante desde los 18 años. Sé lo que es militar en un partido. Pero los partidos tienen que cambiar. No podemos hacer las primarias como las de 2011, que fueron un éxito con más de tres millones de personas votando y eligiendo al mejor candidato, es decir, François Hollande, y después no modernizar más al Partido Socialista. Los partidos se tienen que abrir, tanto mi partido como todos los grandes partidos europeos. Tenemos que hablar más a la gente humilde, a las clases populares. Por ejemplo, como alcalde de una ciudad muy popular durante 11 años, Évry, he creído siempre que el trabajo era un valor. Que lo que teníamos que enseñar en las escuelas a nuestros jóvenes era el valor del mérito, del trabajo, del respeto. La inseguridad es una injusticia suplementaria, que sufren más los más débiles. La izquierda tiene que hablar a esa gente que hoy piensa que la política es inútil, o que escucha los malos vientos que vienen de la extrema derecha en Francia o de otros populismos en otros países europeos.

Foto: José Aymá

¿Cataluña? Creo que las naciones en Europa no tienen que dividirse más, no tienen que perder fuerza. No podemos permitirnos debilitarnos sin divisiones
¿Usted le cambiaría el nombre al partido?
Es un tema totalmente secundario. Y mi opinión no ha cambiado. El nombre puede cambiar únicamente si se cambia el partido. Para la militancia la palabra 'socialista' es muy importante. Y los franceses no quieren que los partidos cambien de nombre, pero creen que los partidos tienen que cambiar.
Estamos viendo cambios muy importantes en la izquierda, usted en Francia, Matteo Renzi en Italia, ahora Pedro Sánchez en España... ¿Usted cree que de verdad hay un cambio profundo en la izquierda, que no sólo es un cambio de personas, sino que también es un cambio de filosofía?
Nos encontramos en un mitin en Bolonia con Renzi y Pedro y, por supuesto, hay un cambio generacional. Aunque yo sea mayor que ellos...
No lo aparenta.
Eso es lo más importante (ríe). Es un cambio de personas, pero también un cambio en los partidos. La clave es cómo escuchar mejor a las sociedades. No puede haber una respuesta ideológica cerrada igual para toda la gente y para todos los problemas. Ese es uno de los cambios. Y la orientación de hablar más a la gente, a las clases populares, no con una respuesta ideológica. Decir la verdad, apoyar las reformas, lo hacemos Renzi y yo reduciendo aquí el número de departamentos regionales. Yo hablo de eso mucho con Schulz, o Sigmar Gabriel, o con el canciller austríaco, Werner Feymann, pero también con Renzi y Sánchez. ¿Para qué sirve la izquierda que quiere gobernar o que gobierna? ¿Cuál es su mensaje? Y su mensaje es: las reformas para nuestra economía y la lucha contra las desigualdades. Es lo que aquí llamamos la egalité, la igualdad, eso es un mensaje de izquierdas. Pero, ¿cuáles son las políticas públicas, los instrumentos para llegar a esa meta? Es aquí donde está el debate, porque la situación es en cada país muy diferente. Pero, sí, el cambio de la izquierda en Europa es un cambio que tenemos que hacer juntos, y por supuesto con Pedro Sánchez.
El nacimiento o el enorme crecimiento que están teniendo movimientos populistas, el Frente Nacional en Francia, el Movimiento 5 Estrellas en Italia o en España Podemos, ¿se debe sólo a políticas de austeridad o hay alguna razón de fondo que explique por qué en una Europa políticamente madura estemos volviendo atrás con estos movimientos antisistema?
La falta de esperanza. La crisis de la democracia. El hecho de que de los grandes partidos que han gobernado no sean capaces de responder a esta falta de esperanza explica en gran medida la subida de los populistas en Europa. Por supuesto, la crisis económica, el paro, la pobreza, está detrás de todo eso. Hay una crisis de confianza que va mucho más allá de la crisis económica. La corrupción en los partidos... puede representar una forma de esa crisis. Y la respuesta no puede ser únicamente económica. Detrás de esto, está la crisis del proyecto europeo. Yo creo que es una crisis mayor. Europa es el proyecto más increíble que hemos vivido en los últimos años, en menos de 20 o 30 años se ha hecho la paz después de la Guerra Mundial, la reconciliación entre Alemania y Francia. El proyecto europeo ha sido la posibilidad para los países del Sur de Europa de salir de las dictaduras y de entrar en el crecimiento económico, en el progreso social y democrático, igual que para los países del antiguo bloque soviético. ¿Cómo continuar ahora? Cuando Europa no es capaz de unirse para intervenir en África contra el terrorismo o para lograr la paz entre Israel y Palestina, ¿para qué sirve Europa? Francia se ha sentido muy sola para llevar su acción contra el terrorismo en el Sahel. Hay países que apoyan, por ejemplo, España en Mali, igual que otros países del norte de Europa. Pero, ¿cuál es hoy el proyecto político de Europa en el mundo? ¿Cuál es el proyecto de Europa para el Mediterráneo? ¿Cuál es el proyecto de Europa para África, el continente del porvenir para nosotros? Esta falta de proyecto político es percibida por la gente. No hay crecimiento económico en Europa. ¿Cuáles son las políticas para apoyar el crecimiento y el empleo y, sobre todo, el empleo juvenil? Europa no puede ser una Europa de castigo y de ajustes. Tiene que significar políticas de inversión para el porvenir. Lo que está haciendo Juncker es una vía. Eso es lo que los países de Europa, los gobiernos de Europa tienen que entender. Si sólo es una política de ajustes y de castigo la gente no va a soportar más a Europa. Si sólo es eso, la crisis de Europa será una crisis democrática y eso no lo podemos aceptar. Por eso tenemos que luchar de una forma muy enérgica contra todos los extremismos, los populismos. Pero el proyecto de Europa lo tenemos que reconstruir.
Usted habla de dos proyectos diferentes en la derecha y la izquierda, pero para muchos franceses quizá su proyecto no sea tan distinto del de un conservador como Juppé [alcalde de Burdeos y dirigente centrista de la UMP]...
No. Los matices entre la derecha y la izquierda han ido perdiendo fuerza. Porque los partidos de derecha y de izquierda han gobernado. Porque vivimos en un mundo abierto. Porque Europa se ha ido construyendo, porque hay políticas integradas... Pero creo que hay diferencias muy importantes: cuál es el papel del Estado, la prioridad de la escuela, la lucha contra la igualdad... Juppé es un hombre de Estado, por supuesto, pero yo tengo muchas diferencias con él, aunque no voy buscando las diferencias por las diferencias. Yo no me levanto cada mañana preguntándome si soy de izquierdas o si soy socialista. Lo que me pregunto cada mañana es si mi política es eficaz para lograr más empleo, para luchar contra las desigualdades, si es eficaz, en definitiva, para resolver los problemas de los franceses. Cómo puedo yo, que encabezo el Gobierno con la mayoría, ir haciendo que el país sea más fuerte cada mañana frente a los grandes desafíos del mundo. Creo en la unidad de un país, en los grandes valores, y Europa es un valor muy importante. Creo en los valores de la República, en el laicismo. Estoy muy preocupado con la subida no sólo de los populismos, en Francia, sino con el aumento del racismo, del antisemitismo. Me preocupa mucho porque eso no es Francia, ni la sociedad europea en la que yo creo. Estamos en un momento en el que tenemos que elegir entre el camino de las divisiones o el camino de la unidad alrededor de nuestros valores. Tenemos que decidir sobre el camino del progreso. Por ejemplo, en la transición ecológica (de cara a la reunión de París en 2015). Creo en el progreso de las tecnologías, de las ciencias... Habrá siempre un campo más conservador y otro más progresista. Lo hemos vivido, por ejemplo, con el debate sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, sobre el aborto, como en España. Hay diferencias en las prioridades del presupuesto. Juppé no propone que la escuela sea la máxima prioridad. Parte de la derecha piensa que las desigualdades son una realidad que se ha de admitir. Esas son las diferencias, pero tenemos que buscar también lo que nos da más fuerza juntos.
Luchar contra la extrema derecha es prioritario. No podemos estar representados por una extrema derecha que es todo lo contrario a lo que es Francia
Es lo que usted llama patriotismo republicano.
Sí, por supuesto, que no tiene nada que ver con el nacionalismo. Creo en los Estados-nación. Creo que ni Francia ni España pueden desaparecer en el conjunto europeo. Yo soy patriota. He aprendido a ser francés. Mi padre es barcelonés, mi madre es suiza-italiana, no tenían familia en Francia, y soy un patriota republicano y amo este país más que otra cosa. Francia es un gran país: su literatura, su cultura, su apertura al mundo las tenemos que preservar. El nacionalismo encierra. Ser patriota es algo distinto. Es amar su país.
¿Tiene algo que ver esa crisis en el proyecto europeo con el excesivo peso que ha tenido Alemania en los últimos años?
No. Alemania ha hecho muchos esfuerzos. Los alemanes fueron ayudados por Europa, por supuesto, para la reunificación. Pero es verdad que Europa sólo puede funcionar bien si hay un equilibrio económico y político entre Francia y Alemania. Hoy hay un desequilibrio entre los dos países, y así Europa no puede funcionar bien. En Alemania mucha gente lo sabe. En el debate que tenemos con el Gobierno alemán, con Merkel o con Gabriel, hay un cambio de actitud, en la idea de que hay que ir hacia un plan común para la inversión, un plan francoalemán para una mejor integración. De ello van a hablar el presidente de la República y Merkel en enero. En Alemania y Francia, los gobiernos y también las empresas saben que juntos tenemos que llevar Europa adelante.
¿Usted cree que es posible en esta Europa de la que habla que Cataluña se independice de España?
Bueno, como he nacido en Barcelona, sigo de cerca la actualidad española y la información sobre Cataluña. Ahora, como jefe del Gobierno tengo que ser prudente sobre lo que es un debate político. Lo que sí sé es que en Europa necesitamos unidad. ¿Qué es Europa? Es una federación de Estados-nación. No es una federación de nacionalidades. Y si después de que los Estados-nación se hayan ido consolidando durante siglos y que por razones de paz y de crecimiento económico se construyera la Unión Europea, si ahora el movimiento deriva hacia una menor unidad y más divisiones, será cada vez más difícil construir un proyecto europeo.
Pero, insisto: ¿sería posible, aunque no fuera bueno para Europa, que Cataluña se separase?
Nuestro continente ha conocido muchas divisiones, muchas fracturas, y lo digo muy claramente: las naciones de Europa no tienen que dividirse más, no tienen que perder fuerza. En un mundo globalizado donde los países son cada vez más fuertes no podemos permitirnos debilitarnos con divisiones. Hay esas crisis de identidad y, en un mundo muy abierto, es casi natural que la gente vaya buscando su propia identidad, pero si las identidades dividen a los Estados, a las grandes naciones que han construido Europa durante estos últimos 30 a 40 años, y España lo ha hecho, finalmente acaban debilitando a Europa.
¿Ha hablado de ello con Artur Mas?
No he hablado con Mas, no lo conozco.
¿Ve posible que Marine Le Pen pueda gobernar Francia?
Hay un peligro cuando Marine Le Pen y la extrema derecha logran el 25% en las elecciones europeas, cuando los sondeos les sitúan como el primer partido en las próximas elecciones o como vencedores en la primera vuelta de unas elecciones presidenciales en 2017. Por supuesto que hay peligro, y por eso dije en Bolonia que el Frente Nacional estaba a las puertas del poder. Tenemos que luchar contra la extrema derecha, contra ese desafío. Ese peligro es la gran prioridad, y para eso tenemos que hacer las reformas, decir la verdad a los franceses, hablar a las clases populares y unir a toda la gente que piensa que este país no puede estar representado por una extrema derecha que es todo lo contrario de lo que es Francia. La extrema derecha propone un programa que derriba totalmente a Francia, que nos hace ir fuera de Europa, que provoca una crisis en Europa que sería volver decenas de años atrás. Tenemos que explicar a la gente que ese mensaje de odio no es posible en una sociedad como la nuestra.
¿Cómo interpreta la vuelta del ex presidente Nicolas Sarkozy a la primera línea política?
Como una crisis del 'leadership' de la derecha, por supuesto. Bueno es el problema de la Unión por un Movimiento Popular ( UMP) y de la derecha. Yo respeto siempre a mis adversarios políticos y respeto a un ex presidente de la República. Pero para entender la vuelta de un líder político se tienen que entender las razones y hoy creo que ni yo, ni los franceses, hemos comprendido las razones de esta vuelta. Es una revancha contra él mismo, contra sus amigos, contra el presidente de la República que ganó las elecciones. Pero bueno, es el problema de la UMP y de la derecha francesa. Lo que espero es que haya un debate de calidad entre la izquierda y la derecha y que la gente pueda escoger entre dos proyectos diferentes.
¿Se ve usted como candidato a la Presidencia de la República Francesa?
No. Además, como primer ministro no puedo hablar de eso. Yo apoyé a François Hollande en la segunda vuelta de las primarias. Fui ministro [del Interior] durante dos años, primer ministro desde hace ocho meses. No puedo pensar en otra cosa que en mi misión como primer ministro. Además, si los franceses, que confían en mí porque estoy trabajando como primer ministro, ven mañana en EL MUNDO que voy hablando de otra misión, dejarían de confiar en mí.
¿Cómo le gustaría pasar a la Historia?
(Ríe). La Historia la vivimos cada día. Se puede tener una visión pesimista del mundo y yo tengo una visión optimista. Lo que ha pasado en Siria, en Pakistán, lo que ocurre en Nigeria hace ser pesimista sobre el ser humano. Al mismo tiempo, lo que veo es que las ideas de libertad, de igualdad entre los hombres y las mujeres, la democracia... esas ideas van progresando en el mundo. Eso me da optimismo. Si al final de mi trabajo de primer ministro, dentro de tres años, las cosas van mejor... En Francia hay pesimismo. Tenemos que dar más confianza y más optimismo a la sociedad francesa. Lograrlo sería quizá pasar a la Historia.

SOURCE:
http://www.elmundo.es/internacional/2014/12/29/549feadd268e3e57458b4572.html

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